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Cursa de la Mercè 2011 18/09/2011

Archivado en: Barritas energéticas (deportes) — nievesmacias @ 16:16:53

No es por el oro. Eso dice año tras año la famosa campaña publicitaria de la Cruz Roja. En este caso, no es por el oro, ni por la plata, ni por el bronce, ni tan sólo por un diploma o una medalla de consolación. Correr una cursa popular –a cambio, en muchas ocasiones, de una camiseta-  tiene otras motivaciones: la superación personal, poner a prueba la propia fuerza de voluntad, hacer deporte rodeada de gente o disfrutar del placer de tomar las calles. Cualquiera sería una buena razón.  Este año, 14.000 personas encontraron una para correr la Cursa de la Mercè, aunque sólo llegaron a meta 11.500. El resto, o prefirió dormir, o se lesionó en el trayecto o encontró algún serio inconveniente para correrla, como Oscar que, con su dorsal colocado, se dirigía trotando a Plaça Espanya para tomar la salida cuando se dio cuenta de que no estaba recuperado de una antigua lesión.

Yo también me dirigía a Pl. Espanya a la misma hora, pero en mi caso, en coche. Sin la camiseta oficial –de color verde-, porque pedí mal la talla y la S me estaba estrecha. La idea era aparcar cerca del Estadi Olímpic, y ese fue el primer contratiempo: una marea humana había colapsado la montaña, porque en el Palau Sant Jordi se reunía una convención de….¡¡¡Herbalife!!! Noruegos, ingleses, italianos…Todos con su acreditación correspondiente subían la montaña, llena de autocares. Ahí empezaron los primeros nervios: llegaba justa de tiempo, y aún había que bajar por el MNAC muchos tramos de escalera…Aparco bien, y dudo si empezar ya a correr, a trote ligero, para asegurarme alcanzar a tiempo a la línea de Salida. Lo hago a medias, y aún así, ya llego cansada a Avd. María Cristina. Me colocó al final de la multitud, y allí hago estiramientos, mientras oigo el pistoletazo de salida. La marea humana de la que formo parte no se mueve, aunque a lo lejos vemos correr a los primeros de
la fila. Seguimos sin movernos. Poco a poco, empezamos a andar, muy lentamente…Habrán transcurrido más de diez minutos cuando pasemos por el arco de salida y la tarima donde se agolpan las autoridades: reconozco a Xavier Trias  y a Jordi Hereu. Empezamos a correr, muy lentamente. Intento avanzar posiciones, haciendo lo posible por no dar codazos, colándome entre los huecos o atajando por las aceras…El primer kilómetro es un suplicio, no una carrera. El segundo ya nos sorprende en Gran Vía, mucho más amplia. Correr es mucho más cómodo, a pesar de un ligero flato en el costado izquierdo…en el siguiente kilómetro se trasladará al derecho, pero es muy soportable. Cojo mi ritmo a partir del tercer kilómetro, y hasta el quinto todo va bien: ni se me ha pasado por la cabeza echar a andar, no ha vuelto el flato, y en Gran Vía
se concentra mucho público: unas niñas nos aplauden mientras gritan “Á-ni-mo, Á-ni-mo”….Una señora mayor va saludándonos: “Hola, Juan José; Hola, Marta”, porque puede leer nuestros nombres en los dorsales. La cosa mejora en la travesía por una sombreada Ausias Marc, mucho más llevadera que la calle Marina, donde apretaba el sol. Llego al arco del kilómetro 5, donde hay un control de tiempos, que marca al pasar 40 minutos…a eso hay que descontarle los 10 transcurridos hasta empezar a correr, según mis cálculos. El avituallamiento está 100 metros más allá, y se agradece el agua, que no beberé, por no pararme. Me la echo sobre la cabeza, y más tarde me mojaré los labios. El flato ataca ya a los dos costados, e intento respirar mejor, y pensar que, si antes sumábamos kilómetros, desde el quinto ya van bajando…quedan cuatro, quedan tres…En Plaça Catalunya, Oscar Sánchez espera en la acera, animando a los atletas, con su atuendo de corredor. “¿Ya has acabado?”, pregunto sin dejar de correr. “No –contesta él- no he podido correr. Estaba esperando a ver si te veía. Ánimo!”.  Su ánimo no impide que los últimos tres kilómetros sean muy duros, aunque ya sé que voy a acabar. Sólo lucho contra el crono y las ganas de andar. Al llegar al final de la calle Sepúlveda y enfilar la bajada por Paral.lel, veo el reloj del Hotel Plaza. Llevo casi una hora corriendo, y tengo unos pocos minutos para hacer los dos kilómetros que quedan. En la bajada, intento mirar a los corredores que suben por el otro carril, a ver si conozco a alguien. Así no pienso en el dolor ni el cansancio. En la subida, intento que no decaiga el ritmo para aguantar los 500 metros que quedan. Llego de nuevo a Pl. Espanya, y vuelvo a ver el reloj. Dos minutos para la hora, según mis cálculos, que luego se demostrarán algo desviados. Ya veo el contador de la meta. Me doy ánimos en voz alta. “Vamos, venga, venga”, digo. El reloj está a punto de marcar 1 hora 10 minutos, y voy haciendo la cuenta atrás en voz alta, para pasar justo a esa hora por debajo del arco. Imagino que estoy rozando un tiempo de 60 minutos, que estaría muy bien, dado que no he entrenado en todo el verano, y sólo hace una semana que he vuelto al gimnasio. Luego el tiempo oficial demostrará que pasé por la línea de salida cuando pasaban doce minutos del pistoletazo. Acabar es fantástico, pero no tanto el cuarto de hora de cola que hacemos para demostrar que, efectivamente, no hacíamos esta carrera por el oro, sino a cambio de una botella de agua y una lata de Aquarius.

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